Por Rodrigo Romo Lorenzo

Los diagnósticos se acumulan. Hace algún tiempo, en este espacio, mencioné las cifras de impunidad que son catastróficas para nuestra sociedad. La justicia prácticamente no existe cuando hay 99% de inmunidad ante la acción de las autoridades. Y cuando ocurre, por la presión de los medios, tiene precio que se negocia en lo oscurito. Unas semanas bastan para correr un velo de discreción sobre los arreglos y luego, callandito, los culpables salen del cautiverio por cuestiones relacionadas con la gramática. ¡Jamás el dominio de la lengua española resultó tan poderoso!

El Poder Judicial ha sido la mortaja ensangrentada que nos envuelve con torpeza desde tiempos inmemoriales. Nunca cumplió con su mandato a cabalidad. El reino de los abogados no tuvo espacio para la justicia o el progreso. La defensa de la fórmula, cuando conviene, la aquiesencia ante los poderes reales, el marasmo de los procedimientos burocráticos, los expedientes como patente de corso. Lo sabemos bien. La justicia es de quien la paga. Hemos registrado páginas incontables en nuestra Enciclopedia de la Corrupción bajo esta entrada.

Pero en los últimos años inmediatos cayó en el regazo de la toga una oportunidad para resarcir su mediocridad histórica: la defensa de la Constitución ante las amenazas bajo el disfraz de reformas. Y resultó un espectáculo emocionante ver cómo un Poder, de aquéllos que Montesquieu imaginó como contrapesos, actuaba exactamente como tal, firme ante la embestida, como pared inconquistable que frustró los deseos del aspirante a tirano, iniciativa tras iniciativa, hasta dejarlo exasperado por la oposición a sus deseos.

Pero no hay asedio que resista las acciones de un traidor. El bastión es invulnerable hasta que una mano subrepticia abre la puerta desde adentro para abrirle paso a la inundación. Esos individuos ocupan un lugar en la Historia y sus nombres no se olvidan. El Ministro Zaldívar ya registró su nombre en la larga lista de los crímenes del hombre.

Recientemente supimos sus arreglos con la presidencia. Eso es traición. Punto. Y los culpables lo aceptaron con naturalidad, como si fuera un diálogo trivial, un desayuno productivo entre dos amigos. El Ministro Zaldívar desconoció todos los principios que sustentan la investidura que ostentó y cedió felizmente a las intenciones de destruir el pacto entre gobernantes y gobernados que se llama Constitución. El asalto final está en curso con la inclusión de personajes lamentables disfrazados de ministros y el cinismo con el que presentan nuevas iniciativas que quieren instaurar un régimen de ladrones en vez del Estado de Derecho.

El Ministro Zaldívar trató de capitalizar sus arreglos y se hizo visible con una falta de vergüenza escandalosa en los tiempos de las campañas previas a las campañas. Ante la respuesta desfavorable a su persona, buscó un asiento en la sombra, donde permanece a la expectativa. Cabe preguntarse si en su mente habita alguna reflexión sobre el papel que está jugando en la destrucción de la República. Todo indica que no le causa ningún problema y que su bienestar personal es más importante que las leyes, ésas que no le importan al palacio mientras no sean para defender sus ganancias mal habidas.

Si permitimos que este personaje y los que siguen sus pasos se beneficien alegremente de los pactos de impunidad, estaremos colaborando en la sepultura de las libertades y, por extensión, de la República. Estamos muy cerca de comprender el valor de estos conceptos cuando los tengamos por perdidos. Será muy lamentable, entonces, sentir arrepentimiento por no haber actuado antes.