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Hoy vuelve el Madrid a jugarse el pase a una final de Champions en el Bernabéu y sus aficionados llevamos días jugando el partido entre cábalas, especulaciones y todo tipo de supersticiones. Los rituales se despliegan como un manto sagrado sobre la fe de los creyentes. Porque aunque el partido parezca que dura 90 o 120 minutos, en realidad se empezó a jugar tras la ida.

Encima el rival es el Bayern, ese gigante mitológico que en los 80 devoraba madridistas en cada visita a Alemania. Hay una gran brecha generacional entre los que temblamos sólo con oír su nombre, seguramente con la misma sensación que los aficionados de todos los demás equipos ven al Madrid, y las juventudes que lo consideran un rival inferior, confundidos ellos por esta última década de nirvana blanco. Mientras los boomers y la generación X hemos tenido pesadillas los últimos 7 días con Kanes y Musialas de varios metros de altura, los millenials y zetas celebraban la décimoquinta tras los penaltis en el Etihad. Ilusos ellos.

En el día de partido, unos dan la vuelta al Bernabéu caminando cada mañana, otros llevan al colegio a sus hijos con el himno a cientos de decibelios y otros se aferran a la leyenda de Jeremy De León. En nuestra redacción los madridistas peregrinan antes de ir al estadio o su casa a besar el escudo de una camiseta vintage que cuelga en la silla de Fernando Lázaro.

El partido se sigue jugando en la busiana, esa procesión pagana en la que el autocar con los jugadores llega al Bernabéu como un altar de Semana Santa escoltado por miles de personas intoxicadas por el fentanilo madridista. Es el momento en el que se sella el pacto sagrado entre jugadores y aficionados, exigiendo esa lucha hasta el último aliento que es este club.

Cuando ya en el estadio resuena a capela el himno de Jabois, tiembla hasta la última viga del templo reconstruido y sólo queda entregarse al recuerdo del cabezazo de Ramos en Lisboa o al de la volea de Zidane en Glasgow y dejarse llevar por la leyenda de un club como el Real Madrid representado en una camiseta blanca, un escudo redondito y muchas Copas de Europa.