LOS TALLERES LITERARIOS, REVISTAS Y SUPLEMENTOS CULTURALES DE ANTAÑO.  

Cheli Oh

 

Si algo es poderosamente atractivo para quien escribe, es tomar café y tener una amena charla sobre talleres literarios, suplementos culturales y revistas de antaño, que dejaron una estela en la historia cultural de los años setentas y ochentas.  

Esa tarde de octubre, entre sorbos de café, Eduardo Garay, escritor y tallerista , dio un salto cuántico en el tiempo , lo que su memoria le permitió recordar. Su rostro en ocasiones se tornó efusivo, sin duda son temáticas que le apasionan, en ese universo de nostalgias que se mantienen vivas en algún tiempo, en algunos instantes de profunda reflexión y añoranza.

El día de nuestro encuentro había mucha concurrencia en el café de Rio de la Loza donde Eduardo da el taller, pero el ruido no impidió que emprendiéramos el audaz movimiento, en la línea del tiempo, para pasar revista a la historia literaria de nuestra ciudad.

“ Yo empecé a tellerear en 1986, cuando se fundó el Centro Queretano de Escritores, yo salí de la prepa y me encontré a José Luis Sierra quien me invitó a asistir a los talleres que se ofrecían de lunes a viernes. Yo me uní con Chava Alcocer al taller de narrativa,” comentó Lalo. Había un taller de poesía con José Luis Sierra, otro de ensayo a cargo del Mtro. Eduardo Ruíz Castellanos, el taller de narrativa con Chava Alcocer después lo retomó Jesús Aragón, ya como de creación literaria; el jueves había un laboratorio de creación literaria y el viernes un taller de periodismo cultural, con Amparo Ruiz Ojeda. En ese entonces tenía 17 años y mucho tiempo libre”. Garay, con gesto de niño que llega a adulto y se enfrenta a sus experiencias vividas, que sabe que fueron fuertes pero que el escritor tiene que afrontar los momentos de gloria y de abatimiento, sigue con su relato: “llegué con mi cuento con  el viejo Alcocer y  me lo rompió, esa era su critica literaria. Sí tenía razón, descubrí años después, pero esos no eran los modos”, confiesa el escritor.

Con una mirada que atraviesa espacios, prosigue Eduardo, en esta ocasión evocando a  Tere Azuara, quien crea la Buhardilla en en 1988 o 1989 , “el grupo se reunía  en 15 de mayo casi esquina  con Juárez, a  finales 60s ,70s había un taller con un nombre en  otomí que no recuerdo como se escribe; lo frecuentaban Felipe Santiago Koh Caul, Salvador Alcocer, Salvador Cuevas, entre otros.  En 1973 llega Paula de Allende a nuestra entidad, en 1974 se hizo cargo de la casa de cultura, sobre Plaza de Armas. De Allende encabezó un taller al que asistían  Manuel Herrera Castañeda, Juan Antonio Isla, Juan Hugo Pozas, José Luis de la Vega, Florentino Chávez. Ese taller fue mítico, porque venían personalidades de la magnitud de Alejandro Aura, Juan Bañuelos, Thelma Nava; todos eran sus amigos y los traía al taller. A Paula la corren por ser demasiado feminista y liberal para la época. Por esos días  Don Ignacio Mena, dona al Municipio de Querétaro su casa, con la única condición de que fuera una casa de cultura. Al cerrar Paula el taller, la gente se reunía en tertulias literarias, a veces en la casa de Paula de Allende, en La Cañada, a veces en la casa de El Chamula.  La gente, iba a tomar vino tinto, se leían textos, se hacían comentarios pero principalmente  iban a pistear,  alguien sacaba la lira y empezaban a cantar, en las andadas se podían ver a Blas César Terán, Martha Favila, José Antonio Mc Gregor y  el Checo Solano, entre otros.

En la Cueva de Cronopios, que estaba en el Andador Libertad, se reunían a cantar y leer poemas. En estas bohemias no había una función crítica, el mejor texto siempre era el del anfitrión y el de quien llevaba el mejor vino, en el chacoteo de repente se recibían algunos comentarios.

A principios de los noventas llega a Querétaro la SOGEM, que se instala en 5 de Mayo, casi esquina con Altamirano, a cargo se encontraba Adolfo Torres Portillo; en el taller de poesía, Miguel Aguilar Carrillo y en narrativa Roberto Cuevas, que llegó a la ciudad para ser locutor de radio Querétaro. Los egresados de esa institución ya eran escritores, de esa camada fueron Luis Alberto Arellano, Luis Enrique Gutiérrez, quienes se reunieron para crear Crótalo, taller literario y revista.

“En el Centro de Escritores, los talleres eran muy densos, muy severos, el taller que yo pertenecí te rompían el texto, te mentaban la madre” menciona Eduardo Garay al momento que fija la mirada en la taza que humea el elixir tostado. “Pero a pesar de los desgreñaderos casi siempre Jesús Aragón, en el taller de creación literaria, lograba que se hablará del texto, no del autor. Las sesiones eran de veinte personas, tenían entre 19  y sesenta años los participantes, así de abierta era la gama.  Por esos talleres pasaron la reportera cultural Irma Gallo del canal 22, Alma Idalia Sánchez, la regidora panista, el Dr. Germán Espino, docente de Ciencias Políticas; no todos aguantaban las críticas. Decía Ulises Avendaño que éramos el sarcasmo y algo más”, asevera Garay. 

El Centro de Escritores traía talleres mensuales, el que más recuerda Eduardo es el del poeta guatemalteco, Marco Antonio Flores, quien venía a nuestra ciudad, a dar su taller.

No podemos dejar pasar el taller de Francisco Cervantes, en el Museo de la Ciudad, “a ese taller asisten Dalia Larisa, Federico de la Vega, entre otros. Ellos publican una antología poética, la Última Reunión Lirica, que me parece, en lo personal, una payasada, con textos malísimos. Ya Francisco Cervantes venía a pasar sus últimos días, no aportaba gran cosa”, sostiene el escritor.

Blas Cesar Terán, tenía a su cargo un taller en el Museo de la Restauración.

Por otra, en cuanto a publicaciones culturales, el colegio de bachilleres de la UAQ tuvo por muchos años el suplemento Voces, pero estos espacios duran mientras permanece el rector o director de difusión cultural.

Con tono firme Garay especificó que el taller no corrige, muestra posibilidades, te señala caminos por los que podrías mejorar. Romina Cazón por ejemplo tiene una visión de literatura estrecha, por eso lo que sale de sus parámetros no le interesa. De repente me han dicho conocidos, “voy a dar un taller de literatura japonesa, he leído los libros más importantes de esta literatura”, ¿cuántos libros has leído?, les pregunto y responden que solo dos o tres”.

Los suplementos culturales más importantes de esos años eran “El Ruido de las letras”, publicación del Periódico Noticias, fundado por Paula de Allende y que a su fallecimiento se quedó a cargo de José Luis Sierra. Salía los miércoles, le decíamos los del gremio, ‘El ruido de las letrinas’. En el Diario de Querétaro, Humberto Carrión tenía a su cargo “El Caballo de Papel”.  También hubo la publicación de “Las Hojas de las Campanas”, que eran como unos carteles que se pegaban para darles lectura, los hacían en los ochentas. Después surge: Escritorio, que lo elabora el Centro Queretano de Escritores que solo publicó tres números. Le siguió los pasos, El Hechicero, al frente se encontraba Manuel Cruz, que gana la beca del Fonca de Edmundo Valadez.  Contrario a Escritorio, surge la revista Lunar, bajo el mando de Martín Segura, era de análisis político y cultural, en seguida se creó Crótalos, por otro lado, Nuria Boldó saca Gatuperio, en la Pajarita de Papel.

Los suplementos culturales en un dado tiempo no había, lo que se hacían eran revistas, reaparecen muchos años después con “Barroco”, en el Diario de Querétaro y “Acrópolis”, con Chío Benítez, en Plaza de Armas. El encuentro terminó con dos tazas en la mesa y la memoria alborotada de tantos encuentros con los ayeres perdidos o encontrados entre las letras. Concluyo este escrito, invitando a los lectores a darse cita los sábados con el suplemento cultural; Imagen y Pensamiento y los domingos, Rosa en Bengala.