El trabajo más peligroso del mundo

Rodrigo Romo Lorenzo:

Con frecuencia, hace tiempo, en la programación del Discovery Channel o especiales de la National Geographic, había programas dedicados a cubrir aspectos poco conocidos de lo que ocurría en el mundo. Uno de ellos era el que documentaba los trabajos más peligrosos del mundo. En el ranking mundial, la captura de cangrejos en Alaska siempre ocupaba el lugar de honor. Las imágenes no dejaban margen a la interpretación: era un trabajo brutal, en condiciones climáticas más favorables para un naufragio que para una actividad pesquera. Escenas heroicas. Todo para satisfacer un apetito insaciable en otros lugares del mundo.

En las fantasías de conseguir un trabajo cuya remuneración fuera abundante para permitir ahorros masivos o retiros tempranos, la paga de la pesca de cangrejo sonaba tentadora, pero los riesgos eran demasiado grandes como para siquiera permitir que la idea sirviera de alimento para sueños.

La realidad, desde luego, habita el polo opuesto y se ríe de las fantasías de televisión. En el mundo de los puestos administrativos, el mayor riesgo visible era la fatiga por las horas inútiles en la oficina y en el tránsito durante los traslados. La actividad más peligrosa era calendarizar reuniones sin agenda previa. Y el más administrativo de todos los trabajos estaba a cargo del equipo de control de calidad. Lo más denso, lo conformable, lo documentado de alguna manera. El mundo absolutamente insípido de las auditorías y sus hallazgos, capaces de robar el calor a la mismísima sangre. Que no se me malentienda: en varias columnas previas he predicado hasta el fastidio sobre la importancia de los procesos documentados, pero eso no evita que el tema sea la encarnación misma del aburrimiento.

Se necesitó que el mundo estuviera completamente de cabeza para que este estado de cosas contara una narrativa inaudita. Porque ahora resulta que el control de calidad es el trabajo más peligroso del mundo, tal vez seguido de cerca por los mercenarios.

En un breve lapso de tiempo, la incidencia de muertes en el monótono mundo de la calidad se ha multiplicado de manera alarmante. Los decesos misteriosos en la cadena productiva de Boeing parecen tener un apetito particular por los directores de calidad. No tiene nada que ver, supongo, que sus denuncias han sido sustanciales para denostar las prácticas corrosivas de los MBA. El riesgo laboral debe ser otro porque los malestares que llevaron a los denunciantes a su sepulcro temprano son grandes misterios médicos de nuestros tiempos.

Un sospechoso posible es el estrés que sin duda causa la frustración por atestiguar la destrucción que conlleva el mantra de “hacer más [ganancia] con [cada vez] menos”. Es sabido que causa infartos súbitos en estacionamientos.

La tristeza de los corporativos es evidente en sus respuestas plañideras ante esta cadena de acontecimientos improbables. Sufren de gran desconsuelo por la mitigación de las consecuencias que acarrean estas desgracias intempestivas.

Queda claro que la única alternativa para el personal de alto riesgo es buscar empleo en Alaska en actividades mucho más tranquilas que la gestión de la calidad en las empresas.

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