Ana Saavedra Villanueva

La historia de Hilario no me es ajena. Yo fui su compañero de borracheras por muchos años; conocíamos todas las cantinas del pueblo y alrededores. Teníamos crédito en algunas y en otras nos prohibieron la entrada para siempre. Ya entonados, nuestras miserias eran las mismas, pero nuestras razones para tomar siempre fueron diferentes.

Vivir de madrugada es muy distinto a hacerlo a plena luz del día. En la penumbra podemos ocultar nuestros miedos en el rincón de un callejón mal iluminado y evadir los problemas al perder la conciencia en el fondo de una botella. La calma que acompaña el canto de los grillos y el chillar de las cigarras es sinfonía y comparsa de nuestros desvelos cuando no lo hace una guitarra desafinada.

Mi tragedia es hablar de amor. Jesusita, a quien yo amaba, me dejó por un catrín de la capital. ¡Cuánto he brindado por su salud y buena fortuna, aunque al hacerlo me haya condenado a este infierno! Pero Hilario… su motivo es complicado. Él empezó a beber desde chamaco, desde aquel día en que se fue al campo dizque a cazar culebras y se encontró la cabeza de un muertito, arrojada a su suerte. ¡Qué mal se puso el pobre! Lo tuvieron que curar de espantos. Le hicieron su limpia como lo dicta la regla, con su huele de noche, ruda, malora, albahaca y todas las hierbas que se usan para eso. Pero él no mejoró, que dizque el muertito le decía que no podía descansar en paz y, pues digo yo, ¿cómo iba a descansar si jamás hallaron su cuerpo?

El caso es que Hilario se volvió esquivo, silencioso, un manojo de tics nerviosos y al final, lo que es ahora: un borracho. Su propia familia comenzó a evitarlo. Encontró una forma de vida en la caridad y en hacer trabajitos que otros despreciaban. Años después fue que a mí me dejó la Jesusa y me encontré con Hilario al otro lado de la botella.

Él se avecinó en la bodega de la cantina, que algún ingenioso tuvo a bien ponerle El gato negro, la que está pasando el abrevadero. Allí le dieron chance de dormir, siempre y cuando se encargara de que no hubiera ratones. La primera vez que nos corrieron de un bar, nos fuimos a seguirla allí, a esa bodega mugrienta. Cuando llegamos, recuerdo que vi cómo se encendía el farol de la banqueta justo en el momento en que Hilario entraba por la puerta. En ese momento yo todavía estaba en mis cinco y hasta pensé que era de esas lámparas de sensor y le dije: «¡Hombre, si aquí te tratan como rey!».

Al otro día, quién sabe a qué hora recuperé la conciencia después de haber estado jugando cartas en la improvisada mesa que hicimos con ayuda de una cubeta de pintura y una tabla. Pero sí sé qué fue lo que me despertó; una música que sonaba en un tocadiscos, de esos del año de la canica, que permanecía arrumbado en una de las repisas de aquel lugar. Tardé en reaccionar y levantarme para ir a apagar esa tonada molesta que se repetía una y otra vez. Cuando al fin lo hice, ¡casi me cago en los pantalones al ver que el aparato no tenía disco, ni aguja, que ni siquiera estaba conectado y aun así la méndiga música seguía insistente una y otra vez! Tuve que despertar a Hilario; me costó mucho trabajo pues estaba perdido en la inconsciencia.

Después de mucho intentarlo por fin abrió los ojos, y al espabilarse y escuchar la musiquita, ¡se le espantó la cruda! Y pude ver su expresión por primera vez sobrio. Sus ojos abiertos con las pupilas dilatadas y la mandíbula desencajada me indicaron que algo no andaba bien. Se tapó los oídos y salió con la camisa mal fajada y las greñas alborotadas. Lo seguí asustado mientras la tonada continuaba cada vez más despacio hasta dejar de escucharse.

Cuando estuve en la banqueta, Hilario ya llevaba media calle avanzada. El resplandor del sol me encandiló; logré detenerme del farol y volteé a ver la posición del sol para tratar de averiguar la hora, pero lo que vi es que el farol no tenía pantalla, ni foco, ni era posible que encendiera como yo había visto la noche anterior. Trastabillé y me alejé de allí a buscar a mi amigo, que ahora había dado vuelta y no lo alcanzaba a divisar.

Tardé en encontrarlo escondido en la capilla del templo vacío. Me hinqué a su lado para tratar de hablar por primera vez estando los dos sobrios. Él sólo negaba con la cabeza. Así estuvimos un buen rato hasta que sonaron las campanadas de la iglesia; era la primera llamada para la misa de las seis. La gente no tardaría en llegar y supongo que eso lo animó a hablar. Entonces, sin mirarme a los ojos, comenzó: «Me siguen los muertos. Me hablan, me piden cosas… muchos no saben que ya no pertenecen a este mundo y andan por allí con sus rutinas. ¡Pero yo no puedo hacer nada por ellos!… Y algunos no lo entienden», dijo con su voz rasposa y gruesa. Yo pensé que me estaba vacilando, pero recordé la musiquita y lo del farol y en vez de contrariarlo guardé silencio para que siguiera y, al fin, lo hizo: «¡Sólo puedo verlos cuando no ando borracho! Por eso es que me ahogo en cualquier licor barato que me pongan enfrente. Por eso es que me alejé de todos y en raras ocasiones vengo a esta iglesia a tratar de “jurarme”. Pero aquí está más poblado que otros lados y a veces, cuando salgo, una fila de ánimas se viene a mis espaldas. No puedo más que disolverlas en alcohol», dijo, se levantó y salió apesadumbrado sin mirarme.

Mi cabeza estaba toda confundida. Empezó la misa y yo ni cuenta me di. Cuando terminó, me fui directo a hablar con el padrecito. Pensé en dejar de tomar así que le dije que me tomara el juramento. Después estuve “jurado” y llevo un mes desde entonces.

Es difícil creerle a un borracho, pero me consta lo que digo; yo creo que habría que preguntarle a alguien que también pueda verlos, para que nos asegure que allá va Hilario con su fila de gente a sus espaldas.