Por Luis Montes de Oca
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Las bajas temperaturas parecían no haber alcanzado ese lugar destinado a la veneración de María Desatadora de Nudos, que si bien es una advocación de origen alemán, hay santuarios en varias partes del mundo y de México y desde luego una en Querétaro, que recibe visitas de todas partes en busca de favores o para agradecer milagros por medio de listones: blancos para solicitar, de colores para agradecer y verdes si se quiere solicitar la intercesión de San Judas Tadeo.
Esos ríos de fe que llevan los vastos estacionamientos, esas familias en comunión que se acercan al santuario se encuentran con escenarios que atrapan la atención, con imágenes y murales, con tiendas en que se encuentran pulseras, rosarios, oraciones, veladoras, velas, morrales, bolsos esculturas a precios asequibles y en algunos casos a voluntad, como los listones que son por cooperación voluntaria o el préstamo de bolígrafos para escribir la petición o el agradecimiento.
Si ya ha asistido estará de acuerdo en esa atmósfera de paz que se vive y si no, está a unos 20 minutos del centro de la ciudad, sobre el libramiento Fray Junípero Serra, cerca de la Audi Juriquilla.
El lugar es excepcional, se camina entre rocas de mármol y gravilla, entre bancas de piedra y cemento y de madera, se cuenta con medas también de madera suficientes para escribir las peticiones sobre los listones, inclusive hay tabletas de madera para recargarse. Todo en orden, la gente cuida de sus mascotas y los niños tienen un área de juegos.
Comida hay lo mismo que recuerdos y áreas plagadas de listones blancos, filas para llegar ante la imagen, bellísima de María Desatadora de Nudos, cuya advocación data del siglo XVII por su intercesión en un milagro matrimonial y que en Latinoamérica cobre vigencia como advocación mariana, gracias al Papa Francisco, hecho consignado, en el capítulo 15 del libro Un listón para María, la verdadera historia de María Desatadora de Nudos, de Jorge Carlos Lozano, quien relata que cuando Jorge Mario Bergoglio, ya Papa Francisco, mientras arreglaba su despacho en la Casa de Santa Marta
Solicitó a uno de sus asistentes si le podría conseguir una imagen de la Virgen María Desatadora de Nudos. Sorprendido el asistente pregustó: ¿Una advocación alemana, su Santidad?, y él respondió: “una historia que me enseñó a ser libre”.
Colocó la imagen y cada que enfrentaba un problema difícil, una decisión sin claridad, a una iglesia enredada por dentro, levantaba la mirada hacia ella y decía en su interior.
—María… este nudo no es mío. Pero me lo han puesto en las manos. Te lo entrego.
Ya en las noches, sacaba un listón blanco de su escritorio, mismo que conservaba desde que estuvo en como continuando sus estudios en Alemania, lo pasaba por sus dedos en silencio, recordando que los peores nudos no se desatan con fuerza, sino con confianza.
Y así, entre guerras, decisiones, sínodos, audiencias, en el corazón del Papa había un rincón humilde donde María seguía trabajando silenciosa. Constante. Fiel, Desatando.
Ahí en ese bullicio, un hombre se acercó preguntando:
—¿Llenará un listón?
—Sí, fue la respuesta lacónica.
—Tome este bolígrafo, lo va a necesitar.
El hombre desapareció en la multitud, más tarde tropezamos con él de nueva cuenta:
—Usted nos prestó el bolígrafo. Aquí lo tiene. Gracias.
—No —dijo— ahora Usted entrégueselo a alguien más.
Así se hizo, en ese movimiento constante de la gente que llega con una esperanza, con la curiosidad de conocer y que vive momentos de tranquilidad, de fe, en que un pensamiento repiquetea como carpintero en el tronco de la memoria: ¡cuánta necesidad!


