Rafael López
Clip clap, ella viene ya,
clip clap, no la dejes pasar,
clip clap, la puerta vuelve a sonar,
clip clap, “La Española” afuera ya está…
Así comenzaba mi hermana. Su vieja canción no era para espantarme, sino para prevenirme, para protegerme, para que estuviera preparado si ella llegaba: “La Española”, la mujer que, entre sueños, podía visitarnos. Siempre me decía que cerrara las cortinas por la noche, que no la mirara a los ojos y, lo más importante, que no la dejara pasar.
Siempre esa historia me aterrorizó. El solo imaginarla, con su siniestra sonrisa, su pálida piel y su largo vestido negro, parecido al de las gitanas, me erizaba los vellos en mi nuca. Cada noche, antes de dormir, mi hermana me recitaba el “clip clap”. No la debes de olvidar.
Por las mañanas todo era normal: un desayuno común en la cocina de la abuela y, después, las tareas del hogar. Pero al anochecer, acompañada por la luz de una vela, mi hermana siempre regresaba a mi habitación y me advertía de ese ente.
—Recuerda, hermanito: nunca debes abrirle la ventana. No olvides que tampoco debes verla a los ojos, pero, sobre todo, ten siempre presente que, si sueñas con ella, debes decírmelo. Yo te protegeré. ¿Me lo prometes?
Cada noche rezaba por no escuchar la tonada que anunciaba su presencia. Rogaba porque amaneciera lo más rápido posible.
Laura y yo éramos huérfanos. Yo tengo vagos recuerdos de nuestros padres. Laura decía que “La Española” se los llevó, junto con Miguel, nuestro hermanito menor. Trato de recordar el último día que los vi, el último día que fuimos una familia feliz, pero no lo logro. Solo distingo pequeños fragmentos: una vela roja, una noche sin luz, mi hermano menor gritando de terror, Laura sujetando mi mano mientras corríamos al segundo piso de la casa, y mis padres gritándonos:
—¡No bajen, Laura, no bajen! ¡Nosotros apagaremos el fuego!
Es lo único que mi fragmentada mente me permite recordar.
Hoy en día vivimos con nuestros abuelos. Cada que les pregunto por nuestros padres, solo se limitan a decirme cuánto nos querían y que su partida fue la última expresión de su amor incondicional.
Mi abuelita cree que no me doy cuenta, pero cuando está sola, a veces la veo llorar y maldecir en voz baja a algo… o a alguien. Yo sé que maldice a “La Española”.
Son las tres de la mañana. En el televisor distingo la imagen de alguien… o algo que parece ser ella. Con su siniestra sonrisa me llama. Mueve la cabeza como si dijera: “ven conmigo”. Trato de gritar:
—¡Hermanita! ¡Laura!
Pero las palabras no salen. Una vela roja se enciende y, en ese momento, escucho el clip clap. Lo sé. Ella llegó. Viene por mí.
“Recuerda, hermanito, no la mires a los ojos”, alcanzo a escuchar en mi mente. Aprieto los párpados con todas mis fuerzas…
Clip clap, ella viene ya,
clip clap, no la dejes pasar,
clip clap, la puerta vuelve a sonar,
clip clap, “La Española” afuera ya está…
Es Laura. Mi hermanita está cantando la canción.
—¡Despierta! Dame tu mano, hermanito, dame tu mano… ella está aquí.
Como puedo, abro los ojos y tomo la mano que está a mi lado.
—Hermanito, vámonos —me dice Laura.
Pero esa mano no se siente como la de mi hermana.
Al levantar la vista, al enfocar mi mirada hacia la persona que me está agarrando, logro distinguirla.
No es Laura, es “Ella”, “La española”.
Me sonríe y, sin mover los labios, escucho su voz dentro de mi:
—¿Quieres ver a tus papás? Miguelito te está esperando…
Clip clap, ella viene ya,
clip clap, no la dejes pasar,
clip clap, la puerta vuelve a sonar,
clip clap, “La Española” afuera ya está…
—Doctora Laura, su paciente sigue con esa misma tonada. ¿Sabe a qué se debe? —pregunta el nuevo enfermero del hospital psiquiátrico.
—Sí. Emilio lleva años cantándola, dice que un ente lo persigue y también cree que soy su hermana. Me asombra cómo la mente de un niño convierte el dolor en algo aterrador. Desde que, por su culpa, se incendió su hogar con toda su familia, él sigue creyendo que una mujer gitana quiere llevárselo… Es su subconsciente castigándolo —responde la doctora.
Siento una enorme tristeza cada que lo escucho…


