La protesta que estalló en la clínica 2 del IMSS, ubicada en la avenida Cuauhtémoc de la capital potosina, dejó al descubierto un malestar profundo entre médicos y trabajadores: los vigilantes privados que resguardan el hospital son señalados por el propio personal como “pandilleros”.
El aspecto descuidado, la vestimenta impropia y, sobre todo, el trato hostil hacia familiares y pacientes vulnerables han convertido la seguridad en un foco de indignación.
No se trata de un exceso verbal: una de las pancartas levantadas durante la manifestación lo dice con claridad, acusando directamente a los guardias de comportarse como pandilleros, incapaces de ofrecer respeto y empatía en un espacio donde el dolor humano debería ser atendido con sensibilidad.
La inconformidad se agudizó tras la agresión sufrida por un médico el pasado 19 de abril, cuando un altercado con los vigilantes terminó con lesiones en su mano y la necesidad de atención en urgencias.
El hecho encendió la alarma: si un profesional de la salud puede ser golpeado dentro de su lugar de trabajo, ¿qué queda para los familiares que esperan noticias de sus enfermos?
Los testimonios coinciden en que el comportamiento de los guardias es degradante.
A la angustia de quienes duermen en pasillos o esperan horas por información, se suma la prepotencia y grosería de un personal que no cumple con el perfil mínimo para tratar con personas vulnerables.
Por ello, los manifestantes no solo exigieron revisar protocolos de acceso, sino también un cambio inmediato de la empresa de seguridad.
La demanda es lógica y comprensible: la vigilancia de un hospital no puede recaer en individuos que proyectan violencia y desdén, sino en profesionales capaces de garantizar un entorno seguro y humano.
La clínica 2 del IMSS enfrenta así un dilema que trasciende lo administrativo: recuperar la confianza de su personal y de la ciudadanía, sustituyendo la imagen de “pandilleros” por la de guardianes de la dignidad y la vida.


