Los militares le tenían ganas a Heraclio Guerrero. En febrero, sus huestes habían acribillado a 25 guardias nacionales en diferentes puntos de Jalisco y Michoacán. El Tío Lako se vengaba así de la muerte de su hijo, Rubén, alias R1, caído en el operativo castrense lanzado entonces para capturar al líder del Cartel Jalisco Nueva Generación (CJNG), Nemesio Oseguera, alias El Mencho. Aquel 22 de febrero, la reacción criminal fue salvaje en el oriente de México, parecida a las del Cartel de Sinaloa, cuando el Ejército ha tratado de acercarse a la familia Guzmán. Los militares se la tenían guardada al Tío Lako. Este miércoles intentaron cobrarse la factura.
Fuerzas especiales del Ejército aterrizaron el martes en Michoacán y se trasladaron en las horas siguientes a Tinaja de Vargas y Colesio, comunidades de los municipios de Tanhuato y Ecuandureo. El objetivo era el Tío Lako, pero no dieron con él. El líder criminal escapó, como ha ocurrido otras veces. Cayeron, en cambio, nueve integrantes de su grupo, número que luego ascendió, conocido como Los Guerrero, entre ellos su pareja actual y su hija. Su grupo hizo como en febrero, cuando El Mencho y algunos subalternos cayeron ante el Ejército: bloquearon dos docenas de carreteras en su zona de influencia y demostraron su fuerza. Michoacán ardía, de nuevo.
El caso del Tío Lako ejemplifica el poder de los caciques regionales del crimen en el país. No es tanto su capacidad de fuego, que también, sino su habilidad para escabullirse, para provocar el caos. Conocedores del mundo local en el que crecieron, alejados de la jungla urbana, espacio natural de los cuerpos de élite de las fuerzas de seguridad, utilizan el entorno a su favor. Hay casos parecidos ahí mismo, en Michoacán, como Nicolás Sierra Santana, líder de Los Viagra, o en el vecino Guerrero, con Celso Ortega, El Ardillo, o los hermanos Hurtado Olascoaga, líderes de la Familia Michoacana. Los buscan, pero no los encuentran.
Sus geografías se condensan en espacios míticos, conocidos, mencionados mil veces, verdaderos triángulos de las Bermudas. Así, los nombres de las localidades del operativo de este miércoles no han sorprendido a nadie, sobre todo la primera, Tinaja de Vargas, fortaleza del líder criminal desde hace años. Tan seguro se sentía allí el Tío Lako que hasta hace unos años, su casa aparecía marcada en Google Maps en una leyenda con su nombre. El Ejército no ha especificado si llegaron a esa casa o a otras. El caso es que no lo encontraron. La oportunidad de capturar a un nuevo líder del CJNG en Michoacán, tras la captura el 30 de julio de Ramón Álvarez Ayala, conocido también como R1, acusado del asesinato de Carlos Manzo, alcalde de Uruapan, se cerraba.

EL CJNG vive pendiente ahora mismo del Gobierno de Claudia Sheinbaum, certero como nunca contra la hidra criminal, crecida y fortalecida en las décadas anteriores. Al abatimiento del Mencho y de algunos de sus secuaces en febrero, siguió la detención de uno de los candidatos a sucederle, Audias Flores, Jardinero, en Nayarit, dos meses más tarde. La captura de Álvarez Ayala asestaba un nuevo golpe al grupo, cuyo futuro —y cohesión— queda ahora mismo en el aire. Desde Washington, también desde Palacio Nacional, se asume que el hijastro del Mencho, Juan Carlos Valencia, 03, tomará el mando. La duda apunta a si el grupo ha perdido capacidades logísticas.
El Tío Lako es un viejo conocido del Ejército y las autoridades en México en general. En documentos de inteligencia de la Secretaría de la Defensa, divulgados gracias al pirateo del equipo de hackers Guacamaya, el líder criminal aparece como uno de los cabecillas del CJNG en la “región Ciénega”, zona que comparten Michoacán y Jalisco alrededor del lago Chapala. En el esquema del grupo criminal, Heraclio Guerrero figura como líder, junto a sus sobrinos, Adrián y Javier Guerrero Covarrubias, ambos ahijados del Mencho, según reportes de la prensa local.
En el marco de una investigación sobre células del CJNG en Aguascalientes y Zacatecas, el Ejército descubrió igualmente que el Tío Lako es cercano a otro de los cabecillas del CJNG, cuyo peso parece crecer después de la muerte del Mencho y la detención del Jardinero. Se trata de Ricardo Ruiz Velasco, alias el Doble R, en la segunda línea del grupo criminal, al frente de uno de los brazos armados de la organización, el Grupo Élite. En la investigación, el Ejército documentó una fiesta en la sierra norte de Guadalajara, a la que acudió el Tío Lako, y donde actuó el cantante Luis R. Conríquez.

La presión sobre el Tío Lako debe leerse también como parte de la estrategia del Gabinete de Seguridad en Michoacán, ejemplo de los males de México, la metástasis del crimen en política y los tejidos productivos locales. El asesinato de Manzo y antes el de Bernardo Bravo, líder de los productores de limón del Valle de Apatzingán, además de ataques y presiones a diestro y siniestro, caso de comunidades indígenas de Ostula o cuerpos de policía comunitaria de la costa, colocaron al Estado al frente de las prioridades del Gabinete, junto a Sinaloa y Jalisco.
La caída de Álvarez Ayala a finales de julio, y del líder de otra célula criminal local, Alfonso Fernández, alias Poncho de Los Reyes, días más tarde apuntan a cierta continuidad en la estrategia. Antes cayeron otros implicados en el caso de Manzo y uno de los principales extorsionadores de Apatzingán, si no el que más, César Sepúlveda, alias Bótox. La cuestión, como siempre, es si la desaparición de las cabecillas de estos grupos facilita su desarticulación o, simplemente, pone en marcha la rueda eterna de la irrupción de nuevos liderazgos criminales.


