Por Luis Montes de Oca y

Diego Aguilar

 

Las viandas se multiplicaban, era como la multiplicación de los peces en el patio posterior de la Capilla de la Santa Cruz del pueblo mágico de Bernal: en la mesa, a ras de suelo, llegaban los guisos de las mujeres de la mayordomía y sus familias, para que nadie se quedara sin hambre.

Antes, las danzas de Apaches y Soldados habían dado cuenta de la  historia y la tradición, el altar de los Concheros a un costado de la capilla, formaba imágenes con la cera derretida y el círculo sagrado en el atrio daba cuenta de lo que en breve sucedería con sus danzas y sus cantos y ritmos con cascabeles  de ayoyotes, el cuerno y las mandolinas.

Por todos los caminos llegaba la gente y se instalaba a la sombra de un frondoso huizache y los que ya no alcanzaban bajo el sol que calcina, protegidos con sombreros y sombrillas o pesados de cartón.

Con delicadeza, los Escaloneros sacaron en andas, a la Santa Cruz de la Peña de Bernal para colocarla al frente de lo que minutos más tarde era el Altar, donde se oficiaría la misa.

Luego de colocarla sobre una alfombra verde, procedieron a trasladar de la Capilla a este lugar aledaño al atrio, a la Santa Cruz Peregrina (de la que dimos cuenta hace tres días en este espacio) y colocarla con todo cuidado sobre otro tapete y finalmente llegó en andas San Sebastián, santo patrono de estas tierras una escultura de un metro y medio de altura, aproximadamente.

La gente, los fieles de todos los grupos de edad y condición social, llegaban por todas partes, por todos los caminos, para tomar parte de la santa misa, pero también para que la bendición de Dios cayera sobre las cruces que tienen en sus hogares.

El reflejo de estos ríos de gente, era notorio en el altar, plagado de arreglos florales, de cruces en  sus nichos, de cruces solas, de divinos rostros, de vida religiosa, de fe, de anhelo y necesidades, de bendiciones y agradecimientos, de color y aromas y el incienso que se mete y despeja la conciencia para tratar de entender dónde estanos  porque hay una suerte de hipnosis colectiva, de atracción hacia el madero sagrado que ve a sus hijos postrarse de hinojos y levantar la visa, que ve a sus  hijos danzando día y noches y que los ve contritos, rezar sumergirse en oración estar en éxtasis de fervor en el día de la Patrona, de la mera mera Patrona que todo ve y observa desde el altar desde su hogar, desde donde irradia la protección a sus hijos y cuida a los Escaloneros en  su importante labor.

Pasada la misa y las enormes filas para pasar a la bendición de las cruces, una a una, la mesa se ha extendido y siguen llegando gente, hay comida para todos, un poco de refresco, guisos y buena voluntad.

—¿Cómo le hacen para dar de comer a tanta gente? —preguntamos a uno de los Escaloneros, que respondió: “siempre alcanza, siempre hay comida para todos”.