Rafael López

 

Alondra, no corras, ¿a dónde vas? Fue lo último que alcanzó a escuchar de su esposo…

La noche los tomó desprevenidos mientras caminaban en busca de algo de comida para sus hijos. Alondra era madre de dos pequeños varones, uno de cinco y el otro de tres años. Ambos habían nacido sin sombra, y ella, desde hacía siete meses, tampoco reflejaba ninguna.

En cambio, Enrique era el único de la familia que aún la conservaba, aunque sabía que en poco tiempo también la perdería. Lo sabía porque seguían surgiendo noticias de cómo cada vez más personas adultas dejaban de proyectar su sombra.

Cuando se dieron los primeros reportes, la población adulta pensó que sería solo un fenómeno visual y que pronto quedaría en el olvido; que los primeros desafortunados serían casos aislados y extraordinarios. Sin embargo, con el tiempo, los reportes comenzaron a multiplicarse.

Mientras caminaban bajo las farolas de la noche, Enrique no podía evitar notar que era el único de los cuatro que aún tenía una sombra que lo seguía, que imitaba cada uno de sus movimientos, expandiéndose y encogiéndose según la posición de la luz. En contraste, su esposa y sus hijos no proyectaban nada; era como si la luz los atravesara.

La noche era fría y silenciosa. Desde que comenzaron los casos de personas sin sombra, cada vez menos gente salía a las calles. Muchos pensaban que podía tratarse de una nueva pandemia y preferían evitar el contacto humano, como años atrás durante la pandemia del COVID.

 

—Date prisa, amor —decía su esposa—. Ya casi llegamos al mercado nocturno.

 

Pero, mientras hablaba, Alondra alcanzó a escuchar que alguien gritaba su nombre a pocos metros de distancia.

 

—¿Escuchas eso?… Alguien me llama…

 

Enrique, por su parte, no lograba oír nada. Su mente estaba en otro lugar: recordaba el día en que nació Esteban, su primogénito, y cómo le pidió a Dios que no fuera uno de esos niños que nacían sin la capacidad de proyectar sombra. Dos años después ocurrió lo mismo con Javier, su segundo hijo. Ambos formaban parte de las estadísticas de los llamados “niños especiales”.

La realidad era que no había nada extraordinario en ellos, salvo la ausencia de una sombra que los acompañara durante sus jóvenes vidas.

 

—En serio, Enrique, ¿no lo escuchas?

 

Su esposa, con una expresión de miedo, insistía en que algo —o alguien— gritaba su nombre de forma aterradora. Cada vez lo percibía más cerca. Sentía una presencia invisible, aunque no lograba ver nada a su alrededor.

Alondra no quería asustar a sus hijos, así que decidió mantener la calma y dejar de acelerar el paso para caminar junto a su esposo. La presencia de Enrique —un hombre de 47 años, robusto, de cabello negro y con un pequeño espacio entre los dientes que para muchos era un defecto— para ella era sinónimo de seguridad. Ese detalle le recordaba cómo, en su juventud, él había perdido ese diente defendiéndola de dos ladrones que, en aquel enfrentamiento, perdieron mucho más que una pieza dental.

Controlando sus nervios, Alondra le sugirió que regresaran. No tenía un buen presentimiento esa noche; las compras podían esperar. Aún tenían en casa huevos y leche para un par de días más.

Pero Enrique, con total tranquilidad, le aseguró que todo estaba en su imaginación, que no se preocupara. Él los protegería de cualquier peligro.

Lo que Enrique no sabía era que Alondra se convertiría en el primer caso documentado de una persona que desaparecía después de escuchar su nombre en la oscuridad.

 

—¡Alondra!…

 

Lo escuchó justo en su oído.

 

El tono era siniestro. Una voz que parecía provenir de alguien con la garganta destrozada, como si las palabras se rasparan al salir.

 

Entonces, gritó.

 

Alondra no pudo más y echó a correr en medio de la noche. No sabía de qué huía. No podía verlo. Pero sí sabía que esa voz la perseguía. Estaba segura de que no provenía de su mente, de que no se estaba volviendo loca.

En el impulso, soltó la mano de su esposo… y la de su hijo de tres años.

 

—¡Alondra, no corras! ¿A dónde vas? —alcanzó a gritar Enrique.

 

Pero en la oscuridad dejó de verla.

 

Sus hijos, entre lágrimas, gritaban por su madre. Enrique solo pudo encontrar la ropa que ella llevaba puesta, tirada en el suelo.

Fue lo último que quedó de Alondra en este plano terrenal: un vestido rojo que durante años había despertado el deseo de su esposo.

 

—Papá, ¿dónde se fue mamá? —decía Esteban entre sollozos, mientras Javier no dejaba de llorar.

 

Durante meses buscaron a Alondra. Enrique acudió a la fiscalía de su estado con la esperanza de obtener alguna noticia. Cada mañana actualizaba su perfil de Facebook con una imagen distinta de ella y el título: Mujer desaparecida, madre de dos hijos, esperando que alguien pudiera darle información.

 

Pero la realidad resultó aún más siniestra.

 

Con el paso del tiempo, comenzaron a surgir en las noticias más casos de personas desaparecidas que, antes de dejar su ropa atrás, afirmaban haber escuchado su nombre.

Siempre describían lo mismo: una voz que los llamaba, con un eco extraño, un acento indefinible que raspaba las palabras…

 

Tal como lo había descrito Alondra antes de desaparecer.

 

El día que perdimos nuestra sombra

Capítulo I: Alondra (La primera desaparición)

Rafael López

 

Alondra, no corras, ¿a dónde vas? Fue lo último que alcanzó a escuchar de su esposo…

La noche los tomó desprevenidos mientras caminaban en busca de algo de comida para sus hijos. Alondra era madre de dos pequeños varones, uno de cinco y el otro de tres años. Ambos habían nacido sin sombra, y ella, desde hacía siete meses, tampoco reflejaba ninguna.

En cambio, Enrique era el único de la familia que aún la conservaba, aunque sabía que en poco tiempo también la perdería. Lo sabía porque seguían surgiendo noticias de cómo cada vez más personas adultas dejaban de proyectar su sombra.

Cuando se dieron los primeros reportes, la población adulta pensó que sería solo un fenómeno visual y que pronto quedaría en el olvido; que los primeros desafortunados serían casos aislados y extraordinarios. Sin embargo, con el tiempo, los reportes comenzaron a multiplicarse.

Mientras caminaban bajo las farolas de la noche, Enrique no podía evitar notar que era el único de los cuatro que aún tenía una sombra que lo seguía, que imitaba cada uno de sus movimientos, expandiéndose y encogiéndose según la posición de la luz. En contraste, su esposa y sus hijos no proyectaban nada; era como si la luz los atravesara.

La noche era fría y silenciosa. Desde que comenzaron los casos de personas sin sombra, cada vez menos gente salía a las calles. Muchos pensaban que podía tratarse de una nueva pandemia y preferían evitar el contacto humano, como años atrás durante la pandemia del COVID.

 

—Date prisa, amor —decía su esposa—. Ya casi llegamos al mercado nocturno.

 

Pero, mientras hablaba, Alondra alcanzó a escuchar que alguien gritaba su nombre a pocos metros de distancia.

 

—¿Escuchas eso?… Alguien me llama…

 

Enrique, por su parte, no lograba oír nada. Su mente estaba en otro lugar: recordaba el día en que nació Esteban, su primogénito, y cómo le pidió a Dios que no fuera uno de esos niños que nacían sin la capacidad de proyectar sombra. Dos años después ocurrió lo mismo con Javier, su segundo hijo. Ambos formaban parte de las estadísticas de los llamados “niños especiales”.

La realidad era que no había nada extraordinario en ellos, salvo la ausencia de una sombra que los acompañara durante sus jóvenes vidas.

 

—En serio, Enrique, ¿no lo escuchas?

 

Su esposa, con una expresión de miedo, insistía en que algo —o alguien— gritaba su nombre de forma aterradora. Cada vez lo percibía más cerca. Sentía una presencia invisible, aunque no lograba ver nada a su alrededor.

Alondra no quería asustar a sus hijos, así que decidió mantener la calma y dejar de acelerar el paso para caminar junto a su esposo. La presencia de Enrique —un hombre de 47 años, robusto, de cabello negro y con un pequeño espacio entre los dientes que para muchos era un defecto— para ella era sinónimo de seguridad. Ese detalle le recordaba cómo, en su juventud, él había perdido ese diente defendiéndola de dos ladrones que, en aquel enfrentamiento, perdieron mucho más que una pieza dental.

Controlando sus nervios, Alondra le sugirió que regresaran. No tenía un buen presentimiento esa noche; las compras podían esperar. Aún tenían en casa huevos y leche para un par de días más.

Pero Enrique, con total tranquilidad, le aseguró que todo estaba en su imaginación, que no se preocupara. Él los protegería de cualquier peligro.

Lo que Enrique no sabía era que Alondra se convertiría en el primer caso documentado de una persona que desaparecía después de escuchar su nombre en la oscuridad.

 

—¡Alondra!…

 

Lo escuchó justo en su oído.

 

El tono era siniestro. Una voz que parecía provenir de alguien con la garganta destrozada, como si las palabras se rasparan al salir.

 

Entonces, gritó.

 

Alondra no pudo más y echó a correr en medio de la noche. No sabía de qué huía. No podía verlo. Pero sí sabía que esa voz la perseguía. Estaba segura de que no provenía de su mente, de que no se estaba volviendo loca.

En el impulso, soltó la mano de su esposo… y la de su hijo de tres años.

 

—¡Alondra, no corras! ¿A dónde vas? —alcanzó a gritar Enrique.

 

Pero en la oscuridad dejó de verla.

 

Sus hijos, entre lágrimas, gritaban por su madre. Enrique solo pudo encontrar la ropa que ella llevaba puesta, tirada en el suelo.

Fue lo último que quedó de Alondra en este plano terrenal: un vestido rojo que durante años había despertado el deseo de su esposo.

 

—Papá, ¿dónde se fue mamá? —decía Esteban entre sollozos, mientras Javier no dejaba de llorar.

 

Durante meses buscaron a Alondra. Enrique acudió a la fiscalía de su estado con la esperanza de obtener alguna noticia. Cada mañana actualizaba su perfil de Facebook con una imagen distinta de ella y el título: Mujer desaparecida, madre de dos hijos, esperando que alguien pudiera darle información.

 

Pero la realidad resultó aún más siniestra.

 

Con el paso del tiempo, comenzaron a surgir en las noticias más casos de personas desaparecidas que, antes de dejar su ropa atrás, afirmaban haber escuchado su nombre.

Siempre describían lo mismo: una voz que los llamaba, con un eco extraño, un acento indefinible que raspaba las palabras…

 

Tal como lo había descrito Alondra antes de desaparecer.