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En un contexto histrico en el que el ftbol se aplana, dominado culturalmente por la dictadura coazo de la Premier League y su sucedneo parisino, el Mundial est siendo un fantstico soplo de aire viejo. Corra el riesgo de no serlo, de convertirse en otro evento olvidable de la nueva ola, el torneo que entregase el testigo a la generacin blandita que lo convertir en otra cosa como le ha pasado, a grandes rasgos, a la Frmula 1, a la NBA o a las discotecas.

Pero de momento resiste el ftbol, imbatible en su capacidad para generar historias, afectos, odios y otros motores que nos ponen delante de la pantalla a la hora que sea. Un martes a media tarde, por ejemplo. En la redaccin de un peridico, pongamos que este. Pegando alaridos con goles de una seleccin norteafricana, como podra ser Egipto, frente a una nacin presumiblemente hermana, como habra de ser Argentina. Ni Pedro Snchez convocando elecciones: alborotos as slo los genera una rueda de prensa de Florentino Prez o un partido de octavos de final del Mundial.

Para ello es necesario que haya escndalo, barullo, lo. Donald Trump levantndole una roja a Folarin Balogun eleva el nivel histrico del Mundial como los atracos de Corea en 2002. Lstima que la siempre anticlimtica Blgica nos haya privado de ese choque en cuartos de final. Los GenZ podan tener el viernes su bautismo de fuego, pero habrn de conformarse con un partido contra Romelu Lukaku.

Fuimos ms espaoles despus del gol de Iniesta. Pero tambin lo seramos menos sin la nariz sangrando de Luis Enrique o sin la carrera de Helguera detrs de Al-Ghandour. Necesitamos ms de esos momentos. Y hasta los ms distantes con la seleccin se tatuaran el logo de la Real Federacin Espaola de Ftbol si Blgica no estorba, si superamos al cancerbero Mbapp y si en el camino al final se cruza Messi y su ejrcito armado de Infantinos. Est siendo precioso escuchar a quienes niegan u omiten el caso Negreira airear sus sospechas sobre la FIFA sin reparar en su hipocresa cobarde. No pasa nada, vamos juntos hasta el final: tiene que ser contra l y tenemos que ser nosotros.