Por Enrique Zamudio
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Santa Inés, Landa de Matamoros .- A lo lejos son apenas pequeños puntos claros que se mueven entre la montaña verde y las paredes de roca. Después se distinguen los sombreros de palma, los paliacates, las faldas largas, los bastones.
Luego llegan las voces, los cantos y el ánimo inconfundible de más de mil mujeres guadalupanas caminando juntas. La peregrinación femenina de Querétaro avanzó este sábado de Agua Zarca hacia Tilaco en una de las jornadas más largas y exigentes de su recorrido rumbo al Tepeyac.
La Sierra Gorda impone. El sol cae vertical sobre el concreto, las montañas detienen el viento y las pendientes convierten cada kilómetro en una batalla contra el cansancio.
Sin embargo, estas mujeres de fe tienen una manera particular de desafiar la lógica. Mientras más duro se vuelve el camino, más frecuentes son las risas; cantan más fuerte, bailan más, levantan más alto el ánimo de quienes caminan a su lado.
Entonces la fraternidad aparece en los gestos pequeños. Una peregrina acomoda el sombrero de su compañera para protegerla del sol. Alguien comparte agua. Otra presta bloqueador. Una más pregunta simplemente: “¿Cómo vas?”.
El río de sombreros atraviesa la montaña y entonces aparece Santa Inés, la pequeña comunidad que año con año recibe con enorme generosidad a la romería guadalupana.
La providencia, en la Sierra, siempre tiene rostro. Tiene el rostro de las mujeres que desde temprano se preparan para ofrecer un taco, un burrito o un tamal a las peregrinas. Tiene el rostro de quien reparte agua fresca. El de quien acerca refrescos, fruta o tortillas recién hechas a personas que hace apenas unos minutos ni siquiera conocía.
La cancha comunitaria se transforma en templo, comedor y hospital improvisado. El millar de mujeres se acomoda en el suelo, en banquitos o en sillas plegables. Todas participan en la celebración eucarística presidida por el Pbro. Ezequiel Muñoz, director espiritual de la peregrinación femenil.
Al término de la misa el contingente guadalupano vuelve a ponerse de pie. Ajustan nuevamente la mochila. Buscan el bastón. Acomodan el sombrero. Y siguen.
Las montañas vuelven a cerrarse sobre la carretera y el sol recupera su lugar sobre el concreto. Horas más tarde aparece a lo lejos la torre campanario de la Misión Tilaco.
Después la fachada barroca.
Finalmente la certeza de haber llegado.
El párroco recibe a las peregrinas frente a una de las joyas misionales de la Sierra Gorda, la fachada barroca que engalana las fotografías del recuerdo de las romeras guadalupanas que sonríen con la satisfacción de que el segundo día quedó atrás.
Hoy, cuando vuelva a salir el sol sobre la Sierra, el río de sombreros volverá a ponerse en marcha rumbo al Tepeyac.



