1. Prisciliano Hernández Chávez, CORC. Querétaro

 

Contexto contemporáneo bajo el signo de la violencia

La historia de la humanidad ha estado bajo el signo de la violencia; enfrentamientos de toda índole, conquistas y guerras, entre clanes, linajes, familias y entre naciones.

Nuestro tiempo no es la excepción: dos guerras mundiales y éstas que sufre la humanidad por la prepotencia de los tiranos y radicales de diverso cuño, la ‘tercera guerra mundial a pedazos’, según el Papa Francisco.

México sufre el genocidio denunciado por la ONU. Familias destruidas, heridas por la injusticia y por la impunidad, bajo  una narrativa que ignora la realidad patente.

Problemas de toda índole minan una paz que parece inalcanzable. Desbasto en temas urgentes de salud y de alimentos. Inflación progresiva. Opacidad en megaproyectos a todas luces inoperantes y costosísimos. La corrupción galopante. Inseguridad. El flagelo de los feminicidios y las desapariciones forzadas, evidenciadas por las numerosas fosas clandestinas descubiertas en gran medida por las madres buscadoras. La deuda pública de billones que parece impagable por ineficacia y por políticas nefastas que contradicen la ética y la buena administración. La impunidad dolorosa ante tantos crímenes y un grupo exento de juicios pertinentes y de la procuración de justicia. Los impuestos de los criminales. Una erosión democrática por pretensiones autócratas de partido. Ecocidios en el mar por la derrama del petróleo y en la selva. Huachicol fiscal, nepotismos en los sistemas de gobierno. Destrucción de hogares. A la baja cultural por la ideologización de la enseñanza. Vacíos existenciales aunados al crecimiento de la drogadicción y el alcoholismo, entre jóvenes de ambos sexos. La pérdida de una identidad en la condición de personas y un largo etcétera. 

En suma, padecemos una sociedad rota y carente de esperanza ante tantos males, desafíos en un entorno problematizado y sin rumbo.

Marco Referencial o Situación Vital de los Vencidos 

El pueblo mexica o de los antiguos mexicanos posee una cosmovisión de carácter cósmico religiosa donde inscribe su ser y su quehacer. Entiende la vida como una misión de carácter trascendente para mantener el equilibrio del universo. Es la razón de los sacrificios humanos, de sus guerras floridas. En una palabra, sus sacrificios se fundamentan para mantener el equilibrio del universo; constituyen el ‘ethos’ o el núcleo de identidad de su cultura y de su razón de ser como pueblo.  

Ante los horrores de la Conquista perciben la inutilidad de su entrega; habrán de expresar en su lamento, su caos interior “déjenos  morir, ya no queremos vivir”, según el Nican Umpehua, o La Viosón de los Vencidos.

Los sabios o tlamatinime son voceros del sentir general de su pueblo. Se derrumban sus creencias, pues a pesar de todo, el Sol sigue saliendo; entonces todo fue un engaño, todo fue inútil. Mueren por epidemias devastadoras, se destruyen sus templos, se destruye su tradición: entienden que un pueblo sin historia no es pueblo. 

Incluso algunas madres matan a sus hijos para que no sufran la misma vergüenza; otros, se ahogan en el ochtli-pulque. Experimentan la más terrible pesadilla. Se acabó ‘la flecha y el escudo’, es tanto como decir: dejó de existir el pueblo mexica. 

A diez años de tomada la Ciudad de México-Tenochtitlán las conversiones al cristianismo son mínimas, pues los misioneros tan bondadosos, como hijos de su tiempo, fraguados en la Reconquista de España, ofrecían una evangelización con sesgos radicales y por tanto excluyentes a un proceso gradual de inculturación evangélica, por una parte; y por otra, los indígenas humanamente les era imposible renunciar a la regla de sus mayores que para ellos era lo ‘nelli’ lo verdadero, lo que tiene arraigo y ante lo nuevo era tanto como aceptar lo falso. Además, los misioneros les hablaban de Dios-Cristo que murió para salvarnos y los indígenas se sienten ‘macehualli’. los que nacieron por la penitencia de Quetzalcóatl y de la ceniza de los antiguos hombres: nobleza obliga. 

Los conquistadores, a quienes en un principio creían ‘tehules’ o dioses, por lo anunciado en los dichos de los mayores y por las acciones sorprendentes, como extraer azufre del Popocatépetl, por las fechas significativas del ‘Tonalpohualli’ o calendario del destino astronómico-astral y por los signos funestos. Posteriormente los catalogarán amargamente como bárbaros, pues prefieren el oro excremento-desprendimiento de los dioses, a las plumas que son las sombras de Dios; destruyen su cultura ‘toltecáyotl- mexicayotl,’ cuyo fondo es su propia mística, expresión de su drama cósmico-divino en el cual se sentían necesariamente involucrados. 

Se dirá de ellos que si amaran al verdadero Dios, serían santos: tal es su entrega. Por otra parte el gran etnólogo de América Fray Bernardino de Sahagún, afirmará que los indígenas “aman a un tal Ometéotl,-el Dios dual, que es un demonio.” 

La pesadilla de la Conquista, será la verdadera muerte de un pueblo cuyo único delito fue vivir su religión cósmico-astral con la pasión del que vive de convicciones profundas, ante el choque arrasador de quienes también viven la convicción de la religión revelada: un pueblo, el español, fraguado en la mentalidad de la Reconquista de su patria del poderío de los musulmanes hasta llegar a la intolerancia del monoteísmo contra la visión plural indígena de las fuerzas antagónicas, en oposicionalidad no excluyente, que hacen posible la existencia del mundo, sus dioses. 

La placa develada en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco, redactada por el gran conocedor de las cosas indígenas y nahuatlato, Miguel León Portilla, da cuenta epigráfica de lo acontecido: 

El trece de agosto de 1521, heroicamente defendido por Cuauhtémoc, cae Tlatelolco en poder de Hernán Cortés. No fue triunfo ni derrota; fue el doloroso nacimiento del pueblo mestizo que es el México de hoy. 

Si queremos apreciar en su justa medida el hondo significado del Acontecimiento Guadalupano, será necesario involucrarse en el contexto histórico y en la situación vital de estas dos culturas, de estos dos pueblos profundamente diferentes entre sí: el pueblo mexica y el pueblo español, y que en el proyecto de Dios, son complementarios de cara a una misión universal. 

San Juan Diego Cuauhtlatoatzin, vivió en un contexto de desastre por el encuentro violento de dos culturas. El Padre Pedro Alarcón Méndez,SM,señala un aspecto trágico cuando indica que los europeos fracasaron al no reconocer la “otredad” del indígena: Cristóbal Colón no conoce al indígena y no lo ama; Hernán Cortés conoce al indígena en forma refinada  y no lo ama; Fray Bartolomé de Las Casas ama al indígena pero no lo conoce; los misioneros etnógrafos aman y conocen al indígena pero les invade el pesimismo ante la conversión del indígena. Solo la Aparición de la Virgen de Guadalupe da inicio a una verdadera evangelización inculturada (cf  ALARCÓN MÉNDEZ, Pedro “El Amor de Jesucristo Vivo en la Virgen de Guadalupe, pág 50 a 61). La pena de la Conquista, amén de algunas acciones injustas, penosas y dolorosas, la evangelización estaba bajo el predominio de una cristiandad confundida con el poder temporal. Como señala el Padre Pedro Alarcón, que las apariciones de la Virgen a Juan Diego confirmadas por la Tilma milagrosa  conducen a la superación de esta  ambigüedad. La Virgen de Guadalupe funda la fe desde el respeto al indígena, como igual, -no idéntico, diferente,-no inferior. Desde Guadalupe se tiene un modo nuevo de vivir la fe; conduce a una nueva conciencia eclesial y social. Se da ese verdadero proceso de inculturación del evangelio desde la palabra y la imagen de la Santísima Virgen de Guadalupe. Desde este encuentro se tiene el paradigma del encuentro de todo ser humano con el Dios vivo, el Dios por quien se vive desde y con la Santísima Virgen María. La comunidad indígena desde su cultura devastada y su filosofía pulverizada se convierte en la primera comunidad que recibe este mensaje, (cf ibidem),  como señaló el Papa Francisco, “el mensaje de la Virgen de Guadalupe, es mi mensaje y el mensaje de toda la Iglesia”. Ningún Papa había expresado tan puntual, profunda y sintética afirmación sobre el alcance del mensaje de la Virgen del Tepeyac.

En ese contexto dramático, la Santísima Virgen María se apareció en el cerro del Tepeyac o en la nariz del cerro, -que forma parte del área montañosa situada al norte de la Ciudad de México-Tenochtitlán que se introducía en el lago de Texcoco, al indio san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, natural de Cuauhtitlán, al venir de Tulpetlac donde tenía por entonces su residencia compartida con su tío Juan Bernardino, hacia Tlatelolco para asistir a la santa misa y al catecismo, el 9 de diciembre de 1531. 

La Santísima Virgen le manifestó en lengua Náhuatl, sus deseos de que ahí le edificaran su casita-templo. Mandó la celestial Señora a Juan Dieguito para que le expresara su voluntad al obispo electo de México-Tenochtitlán, Don Fray Juan de Zumárraga; éste con la caridad pastoral, la prudencia y el celo de un inquisidor, -que lo fuera en España antes de su nombramiento de obispo y luego lo sería en México hasta 1543-, aunado a su formación erasmiana, se mostró incrédulo, lo mandó volver y le pidió una señal. 

En una nueva aparición, la Santísima Virgen le dio la prueba para el Obispo: unas flores-rosas de Castilla (preciosas) que florecieron en lo alto del cerrillo del Tepeyac. 

Es de notar que en esa época del año no se daban las flores y menos en ese lugar árido y salitroso. San Juan Dieguito cortó las flores, Santa María las tocó, y cuando aquél estaba en la presencia del Padre Obispo, al desplegar su tilma-ayate donde las llevaba, se estampó en ella la sacrosanta imagen de la Santísima Virgen María. Es de notar que la tilma es el signo o prolongación de la persona y las flores signo o prolongación de la Virgen Santísima; ‘flores que vienen del cielo en las cuales gorjea el ave quetzal’,-según Netzahualcoyotl. Al unirse la tilma y las flores, en la paideia o sistema educacional de los mexicas,-palabras, gestos, dibujos o signos, expresan esta alianza de comunión de dos en un solo ser, de dos en una vida de dos en una historia, y en san Juan Diego, nosotros que aceptamos y vivimos nuestra comunión con la Santísima Virgen María de Guadalupe. Así, además se da por la santa imagen, el acta de fundación del México nuevo en el cual son llamados todos los pueblos, para ser en María, cencalli, una misma casa-hogar, o como dice el texto del Nican Mopohua…’tuya (Madre) y de todos los hombres que en esta tierra estáis en uno,- …in tehuatl ihuan in ixquitichtin in nican tlalpan ancepatlanca’.

Además Juan Bernardino, tío de San Juan Dieguito, quien yacía moribundo por el ‘hueycocoliztli’, la gran enfermedad de la viruela o probablemente sarampión, mortal en ese tiempo, fue sanado por la intercesión-presencia de la Santísima Virgen María, le dio a conocer su nombre de “Guadalupe” con el cual deseaba ser conocida, amada y honrada. 

 

Santa María de Guadalupe, una Madre que nos acoge en su Corazón-Hogar-Persona, Portadora de la Paz

Ante una sociedad rota, por las heridas afectivas, por la toxicidad de la hipercultura, por la inmediatez de los problemas y de la vida; ante una carencia de identidad trascendente como personas, la Santísima Virgen María de Guadalupe , se acerca permanentemente a nosotros, a todos y a cada uno en lo individual y en lo comunitario,  para darnos ‘un rostro y un corazón’,  a quienes son víctimas, pequeños y vulnerables,es decir, inicia el proceso maternal y evangelizador de recobrar nuestra condición de hijos muy amados. Ella nos manifiesta con su palabra y con su imagen de Madre, el ‘rahamim’ de Dios, las entrañas de Madre de nuestro Padre Dios, en Jesús su Hijo muy amado, hoy. Ella es una cercanía tierna y maternal ‘¿no estoy yo aquí que soy tu Madre?’ Ella es el Rostro Materno del Padre, el transparente de Dios Amor, de Dios Ternura, de Dios Amor. En palabras del S.E.R. Mons. Ramón Castro y Castro, Obispo de Cuernavaca y Presidente de la Conferencia del Episcopado Mexicano, en la conclusión del Congreso Teológico-Pastoral sobre el Acontecimiento Guadalupano (26, II, 2026): ‘El núcleo del acontecimiento guadalupano no es una mariología aislada sino una cristología  mediada  por la maternidad espiritual’.

El método de evangelización inculturado por la Santísima Virgen de Guadalupe, es de la Madre y de Maestra: acoge con amor y ternura de Madre y después envía; la Casita sagrada,-‘neotechaltzin’, es ella- Hogar, Hogar de Dios y nuestro Hogar; en ella tenemos también que es Hogar de Dios y Hogar para nuestros hermanos, las personas. Por tanto el toque de toda pastoral de la Iglesia, de toda parroquia, diócesis, oficina, rectoría, nación, convento, seminario, congregación, de todo movimiento eclesial tiene que ser en y desde Guadalupe, la única e imprescindible categoría del Hogar. En ella, por ella y con ella, como todos ‘cencalli’, todos de Casa. De aquí la importancia del diálogo y de la sinodalidad,-no monólogos impositivos y unilaterales, que realicen la empatía, que se viva la simpatía, la decisión del amor concreto, afectivo y efectivo,-no teórico, en una palabra, vivir, celebrar, gozar y construir el ‘nosotros’ de la y por la Civilización del Amor.

Con este espíritu y aliento guadalupanos, podemos asumir el estilo del Papa León XIV, quien en su primer mensaje nos compartió el núcleo de su propia identidad: ‘Sin miedo, unidos, tomados de la mano con Dios y entre nosotros sigamos adelante…Ayúdennos también ustedes a construir puentes, con el diálogo, con el encuentro, uniéndonos todos para ser un solo pueblo siempre en paz’.

El estilo de Santa María de Guadalupe, es una invitación a superar el eficientismo, la inmediatez neurótica y la desfachatez de lo provisional, temporal, como lo absoluto e inamovible; en ella abrazamos el amor eterno y paciente de Dios, cómo es paciente, ella Nuestra Madre. Tiene tiempo de escucha y acogida para todos; ella crea ese ámbito de paz, ámbito de Hogar-Hoguera de nuestra vida y verdad.

Si la Santísima Virgen de Guadalupe le dice a san Juan Diego Cuauhtlatoatzin, ve y dile al obispo’, hemos de colegir no solo nuestro obispo de la Iglesia particular o diócesis, sino al Papa, para ser guiados por él, en plena comunión con él, ‘con Pedro y bajo Pedro, con el obispo y bajo el obispo’.

Por eso asumimos el mensaje de comunión y de paz del  Papa León en la misma línea del deseo y de la voluntad de la Santísima Señora: ‘Quisiera que éste fuera nuestro primer gran deseo: una Iglesia unida, signo de unidad y comunión, que se convierte en fermento para un mundo reconciliado’.

El Santo Padre,como la Santísima Virgen, no pretenden una ‘paz armada’, si quieres la paz prepara la guerra’,- si vis pacem, para bellum, del Imperio romano, ni la pacificación desde la fuerza, sino la Paz de Cristo resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante. Proviene de Dios. Dios que nos ama a todos incondicionalmente’.

Para procurar la paz implica el reconocer las propias heridas, las debilidades y vulnerabilidades, para ser sanados por la Madre y poder colaborar en la sanación que alcanza la paz más profunda, interior y la paz en los hermanos dañados y heridos, para superar las traiciones, que quizá son las que más nos han herido y permanecen latentes en lo profundo del corazón.

Ante nuestra Madre hemos de conservar la autoconciencia de nuestra debilidad y pobreza, ante las instancias autocráticas y las ínfulas del poder. Lejos de nosotros la propaganda del poder, la prepotencia de los que se sienten buenos y autorreferenciales, de dominio y superioridad.

Desde la Virgen Santísima Procuradora de la Paz, no se puede admitir la paz teórica de aquellos regímenes económicos, bélicos y poderosos que pretenden alcanzar la paz con medios inhumanos, con las manos manchadas de sangre.

 Si queremos conseguir la paz que nos propone la Virgen desde el Acontecimiento del Tepeyac, debemos ponernos del lado de las víctimas, de los pobres, de los que sufren, de los que lloran, desde los que son perseguidos.

Finalmente, el Papa León, a tenor de la Santísima Virgen de Guadalupe, Madre y Procuradora de paz, nos dice que el camino hacia la paz ‘requiere corazones y mentes entrenados y formados en la atención al otro y capaces de reconocer el bien común en el contexto actual’ (mayo 30, 2025). 

En Santa María de Guadalupe, hemos de encontrar nuestro estilo de ser cristianos, de ser Iglesia, de ser personas.

Hemos de formarnos bajo este modo de ser, de sentir y de actuar; con ella hemos de orar en comunión de corazón, en alianza de amor.