Por Enrique Zamudio

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Neblinas de Guadalupe, Landa de Matamoros.— La montaña despierta despacio. La neblina comienza a retirarse entre los árboles y el verde intenso de la Sierra Gorda vuelve a imponerse sobre el paisaje. 

Neblinas amanece con el murmullo de miles de peregrinos que comienzan a alistarse para salir un año más al encuentro con la Morenita del Tepeyac. 

Con el sombrero bajo el brazo y el morral al hombro se dirigen a la Ermita. Ahí abrazan al viejo hermano peregrino al que sólo vuelven a ver cada julio. 

Frente al altar, los peregrinos guardan silencio antes de iniciar la misa. Algunos abrazan un Cristo de madera con la naturalidad de quien sostiene algo que ha acompañado buena parte de su vida. No lo levanta para que lo vean. Lo sostiene cerca del pecho, como se sostiene aquello que no pesa porque pertenece al corazón.

Minutos después aparece Mons. Fidencio López Plaza, Obispo de Querétaro, quien preside la Misa de Buen Viaje que marca el inicio de la 136 Peregrinación Varonil al Tepeyac. 

Habla de fraternidad, de caminar juntos y de descubrir a Dios también en el rostro del compañero de camino. Sus palabras encuentran eco entre hombres acostumbrados a recorrer kilómetros, pero que saben que el verdadero trayecto ocurre por dentro.

Llega entonces uno de esos momentos que sólo entiende quien ha vivido una peregrinación. Miles de brazos se levantan al mismo tiempo. “Por Cristo y Santa María de Guadalupe viviremos, proclamaremos y defenderemos nuestra fe”, responden con una sola voz durante el Juramento del Peregrino.

El juramento resuena en la montaña y entonces inicia la marcha. Los estandartes aparecen uno tras otro: Agua Zarca, Pinal de Amoles, Jalpan, Camargo y decenas de comunidades serranas avanzan como una sola columna que serpentea entre la vegetación. Desde lejos parecen un solo cuerpo. De cerca, cada rostro cuenta una historia distinta.

Hay quien camina por primera vez y quien suma veinte, treinta o cuarenta peregrinaciones. Hay jóvenes que todavía miran todo con asombro y hombres mayores que conocen de memoria cada curva del camino. Algunos rezan el rosario. Otros conversan en voz baja. Muchos simplemente dejan que el sonido de sus propios pasos marque el ritmo del día.

La Sierra Gorda los acompaña.

Los árboles forman un túnel natural que protege del sol. El camino, todavía húmedo por las lluvias, obliga a caminar con calma. El aire huele a tierra mojada y a hojas recién cortadas. A lo lejos se alcanza a escuchar la corriente de un río. Todo parece invitar a bajar el ritmo con el que normalmente se vive.

Las alabanzas hacen eco en la verde montaña. Neblinas queda atrás. Al caer la tarde, Agua Zarca recibe a los peregrinos para el primer descanso. Hoy volverán a caminar rumbo a Tilaco. La columna de sombreros volverá a perderse entre la montaña, como si la fe encontrara siempre el camino para seguir avanzando.